Revisando entre los post que quedaron en el tintero, encontré un escrito incompleto que me llevó de vuelta a los buenos tiempos en los que las palabras brotaban de mi imaginación tan fluidamente como cuando uno sueña. Una pequeña obra incompleta que tenía la imperiosa necesidad de terminar. Pero, como siempre, el tiempo se encargó de refundir esta narración entre los demás pendientes y solo regresó a mi cuando debía hacerlo. Varios meses después, he concluido este relato, y aunque me tomó varios días encontrar una imagen que tenga relación con esta, por fin puedo presentarla aquí para ustedes, mis queridos navegantes. Redoble de tambores, por favor.
La Hora del Break presenta
André, el Intrépido
Abriéndose paso entre las embravecidas aguas del inexplorado y caudaloso río, el joven capitán del “Pegaso”, André, el intrépido, veía preocupado el peligro que le esperaba a él y a su aguerrida tripulación, con la que había compartido aventuras por más de 5 años. Desde la cubierta de la proa, oteaba el horizonte, desconocido para él, mientras dilucidaba la forma de escapar de la implacable corriente del poderoso río, sin nombre conocido, aunque él comenzaba a llamarlo “El Bravo”.
André, el intrépido, solía enfrentarse a situaciones similares: si no eran las caudalosas aguas de algún mar desconocido, era la densa jungla brasilera, o el árido desierto africano, o la implacable tundra nórdica. El capitán había engañado tantas veces a la muerte que ésta ya lo había dado por descartado, conformándose con almas más dóciles de las que pueda adueñarse con más tranquilidad. Con todas las del mundo, menos con la de André, el intrépido, aquél que escapó de las garras de los guerreros sumitas del inhóspito valle de Salvación, territorio solamente conocido por algunos pocos exploradores que llegaron, pero nunca regresaron; aquel capitán que logró rescatar a la Reina de los Vecinos, su pueblo natal y, para muchos, cuna de grandes aventureros y guerreros victoriosos.
Sin temor a la muerte, el gran capitán se adentraba en la densa niebla mientras el caudal del río amainaba su ferocidad. La tripulación del “Pegaso”, aunque temerosa, siempre confiaba en su capitán. Confiaban ciegamente en su pericia, ganada con los años de experiencia en situaciones terribles de las que siempre salía airoso. Confiaban en su autoridad, pues quien ha escapado tantas veces de la muerte claramente ha nacido para ordenar y ser obedecido. Y si el pensaba que llevar a la nave por “El Bravo” era lo indicado, no dudarían un segundo en no hacerlo.
El río se calmó y de pronto aceleró su marcha. El caudal se volvió salvaje y zarandeó la embarcación por todos lados. La tripulación gritaba de espanto, pero André se mantenía incólume en su puesto de mando. Sabía que el río no podía vencerlo, que no había fuerza de la naturaleza que pudiera acabar con su voluntad, su férrea determinación, porque si él quería llegar a algún lado, así el mismísimo Creador bajara a impedírselo, encontraría la forma de llegar, pues para un aventurero como él no existen los obstáculos.
El inclemente río seguía haciendo lo que quería con la pobre embarcación, que ya empezaba a destartalarse con la fuerza de las aguas. Como una montaña rusa, el Pegaso subía y bajaba por la irregular corriente del río. Entre todo el movimiento, André logra divisar un enorme peñasco acercándose a ellos, uno capaz de destruir por completo la nave. Da la orden de que todos se sujeten tan fuerte como puedan. André no cierra los ojos, a pesar de ver que el impacto es inevitable. A toda velocidad, la embarcación se estrella contra la gran roca.
- ¡André!… ¡André! ¡Quita la pierda pe! ¡El papel se está mojando demasiado! ¡Ahorita se malogra el barquito!
- ¡Piedra de miércoles! Deja que la aparte…
André había quedado aturdido con la fuerza del impacto de la enorme piedra, pero conocía muy bien a su Pegaso, con el que había compartido innumerables travesías. Tal y como había pensado, la potente armazón de la nave había logrado mover los cimientos de la roca, haciendo que esta se desvíe milagrosamente hacia un lado, dejando libre la vía para que la embarcación prosiga su camino. La tripulación una vez más vitoreaba el nombre del capitán, que una vez más los había salvado de la muerte segura. Pero mientras ellos celebraban, André divisaba a lo lejos un peligro mucho mayor.
Sus ojos, acostumbrados a tantas rarezas halladas en sus travesías, jamás se habían posado en tan terrible criatura. En la ribera del río, una monstruosa criatura de varias veces el tamaño de la embarcación, miraba atenta a la espera del inevitable encuentro. Su color, parecido al de un reptil, no dejaba dudas de su origen. Tal vez un sobreviviente del Jurásico que había sido protegido, por las circunstancias, de la extinción. Su horrenda figura se hacía cada vez más y más grande, pero la tripulación, feliz por haberse librado del peligro, no dejaba de celebrar. Ya estando a pocos metros, el capitán gritó, tan fuerte como para ser escuchado por sobre el barullo del jolgorio momentáneo…
- ¡UNA RANA! ¡UNA RANA! ¡ATRÁPALA IVO, ATRÁPALA! ¡CUIDADO CON EL BARQUITO!
- ¡ESO HAGO, ESO HAGO! ¡FUERA! ¡FUERA RANA! ¡VETE! ¡NO APLASTES EL BARQUITO!
De pronto el jolgorio se convirtió en pánico, y todos se dirigieron velozmente a sus puestos, esperando lo peor. El capitán pidió entonces su rifle, compañero inseparable de mil hazañas, y apuntando a la nariz de la horrenda bestia, a una distancia que ningún humano podría acertar, dio en el blanco. La gran bestia, presa del terror, dio un salto tan potente que las mismísimas aguas se alzaron como si fuera una onda expansiva, haciendo tambalear la nave como a un barco de papel. El capitán resbaló en cubierta e intentó asirse de donde pudo para no salir disparado por la borda. Al alzar la mirada, vio el voluminoso vientre de la bestia volando por sobre la nave, ocultando la luz del sol de mediodía y cubriendo a la nave entera con su sombra. Al llegar al otro extremo de la rivera, la enorme criatura volvió a agitar las aguas, para luego ocultarse en la espesa jungla con otro potente salto.
- ¿De dónde salió esa rana? No sabía que había ranas por acá.
- Yo tampoco… debe ser por el verano, todos los bichos salen de la acequia. ¿Y el barquito?
- Esta por allá… !Vamos! ¡Este está durando más que los otros tres!
- Ojalá que no se vaya al desagüe como los otros… hay que desviarlo cuando llegue al cruce y lo llevamos al charco.
Con el Pegaso bastante maltratado pero entero, André, el intrépido, se incorpora tras el resbalón de hace un rato. Todavía puede sentir la adrenalina fluir por sus venas, recordando ese certero tiro que salvó a la embarcación y sus tripulantes de una catástrofe. Sin embargo, los recuerdos de los desastres anteriores volvían a su mente, haciéndolo sentir algo preocupado, pero jamás vencido. Había sido el único sobreviviente de varias aventuras, su alma ya se había endurecido con el paso de los años y las desgracias acontecidas. Había visto tantas veces el bello rostro de La Muerte que ya prácticamente la quería como a una madre. Lástima que ella tuviera otros planes para André.
Parecía que por fin “El Bravo” daba una tregua a la tripulación de la más valerosa embarcación que jamás haya cruzado por sus caudalosas aguas. Podía divisarse, a lo lejos, el final de su cauce: por un lado, una de las vertientes del río conducía a aguas calmas en donde la tripulación del Pegaso podría recuperar sus energías, recoger provisiones y seguir su camino hacia la aventura en inexploradas tierras; por el otro lado, las corrientes traicioneras de “El Bravo” aumentaban su fuerza y desembocaban directamente en las fauces de una oscura cueva labrada en la ladera de una montaña, gracias a miles y miles de años de incansable fluir. El Pegaso no resistiría tan terrible embate, las aguas tranquilas eran la mejor opción. De pronto, una voz angelical, como venida del mismísimo cielo, empezó a retumbar en las riberas del río. André, el intrépido, sabía lo que aquello significaba. Era una voz tan dulce, tan irresistible, que ni siquiera el mismísimo André, el intrépido, podía oponerse a su encanto. Era, quizás, la única voz sobre el planeta que podía tomar control sobre sus actos. La había escuchado tantas veces antes, en el momento preciso en que se encontraba frente al peligro, como si la muerte lo llamara por su nombre. Estuviera donde estuviera, esa voz lo llenaba de una alegría que nublaba su juicio y paralizaba sus actos. Simplemente tenía que seguirla.
- ¡André! ¡Ivo! ¿Dónde estaban? ¡El almuerzo ya está listo, vayan a casa a comer!
- Pero mamá estamos jugando con el barquito peeeee…
- André, hace media hora los estoy llamando y no me hacen caso. Vayan a comer, ¡de una vez!
- Ya ya, está bien… Ivo, trae el barquito, seguimos más tarde… ¿Ivo?
- ¡André! ¡El barquito!
Cuando el capitán André, el intrépido, recuperó la cordura, ensimismado con la melodiosa voz proveniente de ninguna parte, era demasiado tarde: El Pegaso se encontraba camino a su propia destrucción, y no podría hacer nada para evitarlo. Los ojos de André se abrieron de par en par y luego, con la imponente voz que su tripulación le oía sólo cuando se trataba de una catástrofe en ciernes, gritó: ¡ABANDONEN EL BARCO! ¡ABANDONEN EL BARCO!… Durante ese momento de caos, vinieron a la mente los recuerdos de las embarcaciones anteriores, que también sucumbieron a la tragedia luego de que André, el intrépido, oyera esa dulce voz que todo lo envolvía y que no lo dejaba actuar. La tripulación, desconcertada por la orden de su sabio capitán, trataba de entender por qué no habían recibido la orden de tomar el camino hacia las aguas más tranquilas. Pero pese a todo, tenían que obedecer a su capitán, su criterio era incuestionable, al igual que su pericia y sabiduría en las decisiones. En medio del barullo de la evacuación y los gritos de los hombres del barco arrojándose a las peligrosas aguas de “El Bravo”, André sintió en el hombro el brazo de su gran amigo, Ivo, su consejero personal y su segundo al mando, con dotes de inmortalidad tan sorprendentes como las del mismísimo André, el intrépido. Era tiempo de abandonar al Pegaso.
- Ya vamos André, el barquito ya fue. Apúrate que mi mamá nos está llamando.
Mientras ambos hermanos se dirigían a casa para almorzar, André dio una última mirada al pequeño arroyo que se había formado cerca del parque frente a su casa. El charco que se encontraba algunos metros más adelante podría haber sido el final feliz para su barquito de papel, que se habría mantenido navegando sus quietas aguas por varios minutos antes de hundirse inevitablemente, presa de la degradación del material del que estaba hecho. Pero por esa corta distracción que su madre le produjo, el barquito que más había aguantado de todos los que habían usado se dirigía directo a la entrada del desagüe. Pero cuando una madre da una orden, no queda otra más que obedecer. O esperar el correazo, que ya había tenido el gusto de sentir antes.
Ya a salvo en la ribera de “El Bravo”, el valiente capitán ve cómo a lo lejos su fiel embarcación, El Pegaso, es devorada por las fauces de la cueva, cual si fuesen las fauces de algún monstruo mitológico de aquellos que narran los más avezados marineros. Pero ahí, recostado sobre la orilla, totalmente empapado y acompañado de su fiel consejero, Ivo, sabe que no hay nada que temer. La aventura siempre aguarda tras unos gigantescos matorrales, en misteriosas cuevas subterráneas o en los confines desconocidos del enorme reino. Mañana será un nuevo día y habrá una nueva aventura para André, el intrépido.

André e Ivo, por siempre aventureros