Fuente: Aquí, que lo vio aquí (pero no ubico exactamente donde)
Haber formado parte de La Santa Inquisición en aquellas épocas debe haber sido el equivalente a trabajar para algún dictador en una zona convulsionada de África. La sensación de poder ilimitado, ser juez y jurado de cualquiera que te cayera mal y la posibilidad de hacer que cualquiera tenga un encuentro personal con su creador amparándose en las realmente ridículas leyes de los Inquisidores.
Las reglas en las que se basaba La Santa Inquisición fueron establecidas en el año 1258 mediante una bula papal (un documento oficial sellado con plomo) del Papa Alejandro IV. En ella, se establecían, por ejemplo, los síntomas médicos en los que debían basarse los Inquisidores para establecer los crímenes de brujería sin duda alguna. Si tu, navegante, presentas alguno de estos síntomas, perecerás en el fuego eterno del Infierno.
Serás considerado brujo o bruja y perecerás bajo algún retorcido método de tortura:
- Si la enfermedad es tal que los médicos no la pueden descubrir ni conocer.
- Si aumenta en vez de disminuir a pesar de haberse procurado todos los remedios posibles.
- Si desde el comienzo presenta grandes síntomas y dolores contra lo acostumbrado de las otras enfermedades que crecen poco a poco.
- Si es inconstante y variable en sus días, sus horas, sus períodos y además que tenga en efecto muchas cosas diferentes de las naturales, aunque en apariencia se muestre semejante.
- Si el paciente no puede decir en qué parte del cuerpo siente dolor, aunque esté muy enfermo. (Pobre si le daba un ataque de hiperalgia =S)
- Si lanza suspiros tristes y desgarradores sin ninguna causa legítima (deprimidos, escóndanse).
- Si pierde el apetito y vomita lo que ha tomado de carne; si tiene el estómago como encogido y apretado y que le parezca tener dentro algo pesado, o bien si siente en él algún trozo que sube hacia el esófago y luego vuelve a su lugar primitivo, y que no pueda tragar, cuando está en la parte superior, así como si por sí mismo desciende súbitamente (resaqueados, ocúltense).
- Si siente calores punzantes y otros pinchazos agudos en la región del corazón, de tal forma que prefiera que se le parta en pedazos (cardíacos, camúflense).
- Si se le ven las arterias latir y temblar alrededor del cuello.
- Si está atormentado por algún cólico o dolor vehemente de los riñones, o si tiene acerbas punzadas en el ventrículo; o también si siente un viento frío o caliente exagerado recorrerle el vientre u otra parte del cuerpo.
- Si se vuelve impotente para el oficio de Venus. (OMFG! ¿CONDENABAN ESO TAMBIÉN?)
- Si tiene algún sudor ligero, incluso durante la noche, cuando el aire es bastante frío.
- Si tiene los miembros y partes del cuerpo como ligados.
- Si llegan a faltarle fuerzas por todo el cuerpo, con suma languidez. Si siente la cabeza pesada y se complace en decir simplezas como les sucede a los melancólicos.
- Si está afligido por varias clases de fiebres que no llegan a explicarse los médicos. Si tiene movimientos compulsivos que le hagan parecerse a los atacados por el mal caduco. Si sus miembros se ponen rígidos por forma de convulsión y espasmo. Si todas las partes de la cabeza se le hinchan, o si está con tal lasitud que no se puede casi mover. Si se pone de color amarillo y ceniciento por el cuerpo, pero principalmente por la cara. Si tiene los párpados tan apretados que pueda apenas abrir los ojos, y sin embargo que tenga los ojos muy claros y transparentes. Si tiene los ojos extraviados. Si le parece ver algún fantasma o nube. (hepáticos, epilépticos, conjuntivitosos y Melinda Gordon, busquen refugio)
- Si no puede mirar al sacerdote fijamente o que le cueste trabajo y dificultad mirarle. Si el blanco de los ojos cambia diversamente.
- Si se trastorna, se asusta o recibe algún cambio notable cuando el que es sospechoso de haberle pasado el mal entra en el lugar donde está.
- Finalmente, si cuando para la cura del mal el sacerdote habrá aplicado algunos ungüentos sagrados en los ojos, en los oídos, en la frente u otras partes del cuerpo, estas partes llegan a transpirar o presentar algún otro cambio (en pocas palabras, si te echan aceites en los ojos y se te ponen rojos del ardor, eres un brujo).
Buenos tiempos para aquellos sádicos insaciables que podían dar rienda suelta a sus más transtornadas fantasías =S. Malos tiempos para el resto, que tal vez pudo ir a la hoguera por tener un simple resfrío.

