Leyendo un post bastante descriptivo en el blog de Roberto Cuba, en el que hace mención a un post aún más descriptivo en Morena Escribe a Veces, vinieron a mi mente los recuerdos de mis primeros días en la bellísima ciudad de Huaral. Yo, un muchacho citadino 100% que no conocía nada más allá de los límites de la Lima “bien”, llegaba por cuenta propia a un lugar completamente desconocido para mí. Obviamente, mucho tiempo después, recuerdo con nostalgia el primer sitio donde me quede y el afectuoso recibimiento que me dio… digamos, “la naturaleza”. Tuve el buen tino de escribir mis experiencias durante mi estadía en Huaral, y aquí comparto con ustedes los primeros pasajes de una serie de narraciones cortas a las que titulé: “El Señor de los Bichos”.
El Señor de los Bichos
Mi primera vez en una pensión no fue tan placentera como la hubiera imaginado. Era una casa humilde, amplia y oscura, aunque en el día la luz natural se cuela por todos los rincones de la casa. Mi cuarto es pequeño, pintado de rosado y con una cama de aquellas en las que sobran los resortes porque no los usa. Además, no pensé que fuera posible encontrar un cuarto con tantos insectos como el cuarto que tengo en mi casa. Este nuevo cuarto le ganó, y por bastante. Mi cuarto allá en casa tiene una fauna variada de arañas y uno que otro animalejo que vive en la humedad. Pero no, este cuarto me recibió con la grata y amena compañía de una cucaracha voladora del tamaño de mi pie que buscaba refugiarse de la luz del fluorescente en una de las esquinas del techo de mi cuarto. Y no era la única que vería en la noche.
Es algo tenso tener que dormir bajo un techo donde una linda cucaracha de ese tamaño hace ademanes de querer saltar, apuntando precisamente hacia la cama donde estas recostado. Luces apagadas y a dormir. Los primeros 10 minutos fueron una experiencia rara: no podía ver absolutamente nada, hacia un calor infernal y solo podía escuchar ruidos suaves, como el que hizo la descomunal cucaracha al caer al suelo, por ejemplo, luego de amortiguar la caída batiendo sus alas, como cuando cae una hoja seca en el lecho del bosque. No quería averiguar a dónde fue a parar el bicho, solo quería dormir, aunque no tenía certeza de cuantas de sus hermanas me estaban vigilando desde los rincones oscuros del cuarto. En la mañana siguiente la situación mejoró notablemente. No era despertado abruptamente por el canto de un gallo a las 5 de la mañana. Mas bien, era despertado por un angelical coro de gallos – nótese el plural – que se peleaban por cantar uno antes que el otro. Vaya forma de enterarse que en la azotea de ese lugar crían gallos de pelea. A continuación, un baño para sacarse la pereza (los insectos ya ni me afectaban), luego, a planchar mi camisa y finalmente, a desayunar. Por primera vez, desde que llegue a Huaral, tenía un desayuno tan bueno, bien servido y nutritivo como el de esa mañana. Se sentía el cariño de la casa: entrada, segundo, postre, refresco… y encima sobraban 15 minutos para venir a trabajar. Definitivamente el ritmo de vida en provincia es mucho mas tranquilo, lo recomiendo.
Lo primero que ví en Huaral y lo primero que fotografié XDHuaral es lo máximo, por siaca, esto fue un hecho aislado ^^
Sentí al insecto volar mientras dormía profundamente en mi habitación. El zumbido molesto e inconfundible de una mosca, que había errado el rumbo y no tenia idea de como regresar a campo abierto, rompía con el silencio sepulcral de mi cuarto, a las seis de la mañana de hoy. El coro de gallos de pelea de una hora antes ya no me molestaba, se había hecho costumbre sentir sus alaridos con la salida del sol. Pero ese maldito zumbido, errático, zigzagueante, que por momentos se sentía lejano y luego se oía como si estuviera en el cerebro de uno; ese zumbido insoportable que no podía ignorar, por más sueño que tuviera, por más cansancio que sintiera, no cesaba.
Ya eran cerca de las siete de la mañana y yo, con los ojos vidriosos e hinchados por el sueño interrumpido, yacía recostado en mi cama tratando de divisar a la mosca asesina de sueños, la culpable de mi desvelo y de mis ojeras matutinas. Era demasiado rápida, y por lo visto, demasiado hiperactiva. Durante una hora seguida estuvo revoloteando por todo el lugar, arriba, abajo, sobre mí, en la ventana, en la puerta, en mi cerebro. Maldito insecto desgraciado, solo existe para molestar y esparcir enfermedades. Tenía que acabar con esa mini – peste lo antes posible. Encendí la lámpara de la habitación y, sandalia en mano, me senté en la cama esperando a verla posarse en algún lado para poner fin a su molesto ruido de un solo sandalazo. Pero por algo la mosca existe desde tiempos en los que el hombre ni siquiera caminaba erguido sobre la tierra, no seria fácil combatir contra miles de años de evolución y supervivencia comprobados. Aparecía y desaparecía de mi vista, como un soldado ninja que solo era visto cuando ya estaba sobre el objetivo, antes de ejecutarlo. Pero nada dura para siempre, pronto la mosca se cansaría y tendría que posarse en algún lugar de mi cuarto. Era cuestión de esperar.
Mi concentración fue momentáneamente interrumpida por la alarma de mi celular, que a las siete y media de la mañana sólo anunciaba que había perdido una hora y media de mi delicioso y reparador sueño, todo por culpa de ese insecto desdichado, lo que hacia que mi sed de venganza fuera más implacable aún. Ya que la condenada no se dignaba a aterrizar, intente en vano atraparla en pleno vuelo. Uno de esos intentos dio en el blanco, y por unos minutos el infernal ruido cesó. Pero al poco rato, nuevamente, el zumbido que me había atormentado, regresaba a acosarme. Resignado, decidí no hacerle caso. Su muerte no me devolvería esos minutos de sueño perdido, no borraría mis ojeras ni haría que el día pase más lento. Tal vez mejoraría un poco mi día, pero una mosca tan insignificante no valía la pena tanta atención… hasta que de pronto, la susodicha se posó en una mesa, delante mío, jadeante de tanto volar, con una sonrisa en esa minúscula cara, mirándome con sus enormes ojos como diciendo: “No valgo la pena, pero al menos me di el gusto de hacerte sufrir… Has mejorado mi existencia dándome tanta importancia, por primera vez en mi fugaz vida”. Y no lo iba a permitir.
Un ruido sordo como de un sandalazo rompió el silencio de la pensión. La sonrisa de la dulce venganza, de la victoria esperada, de la certeza de que el sueño perdido podría recuperarse esta misma noche pero que ya había sido arrebatado en la mañana, la satisfacción de haber cumplido con una pequeña revancha personal, la sonrisa de aquel que cumple una misión pequeña pero necesaria, iluminaba mi rostro al salir a trabajar.
