Hoy aprendí que cuando un ser humano se propone un objetivo, no importa cómo, lo consigue. Hoy aprendí que lo que uno puede lograr no se compara en nada a lo que podría lograr con el apoyo de muchas personas, aunque sea alentando desde un lado de la tribuna. Hoy aprendí que el último kilómetro de una maratón se termina casi con la misma energía y entusiasmo con que se empieza el primer kilómetro. Hoy logré algo que nadie creía que fuera capaz de lograr: Hoy corrí la maratón de 10 Kilómetros de Nike, la Nike 10K, y a pesar de ser tan deportista como una iguana, he sobrevivido para contarlo.
El peregrinaje 10K
¿Qué es la Nike 10K?
La Nike 10K es una maratón organizada por Nike para todo aquel que desee participar, previo pago de inscripción, por supuesto (multipliquen 10 mil participantes por 50 soles cada uno). El año anterior, el tema de la maratón era “qué haré cuando llegue a la meta”. Este año, se trataba de pertenecer a uno de tres equipos:
Los No Corredores que Corren: Para los principiantes como yo, con un manifiesto muy interesante que dice: “El siguiente es un mensaje para todos aquellos que no corren, ha llegado tu hora. Llegó el momento de dejar el control remoto. Llegó el momento de agarrar esas dos hermosas piernas que Dios te dio y usarlas para algo más que ponerlas arriba de la mesa de centro. Es hora de prenderle fuego a tu sillón. Es hora de sudar todas esas cervezas que entraron a tu cuerpo en los últimos años. Si, es hora de correr. Sabemos que lo has querido hacer desde hace un buen tiempo. Sabemos que tus buenas intenciones solo eran eso, una intención. Sabemos de las 3234 semanas que dijiste “el lunes comienzo”. Ya basta. Basta de que esos que corren nos observen con esa mirada que parece decir ‘Hola ser inferior’, ‘Adiós ser inferior’. Somos los no corredores que corren y lo vamos a hacer. No es una maratón, son solo 10 kilómetros, es como caminar pero un poco más rápido, si no corres, corre con nosotros”.
Las Aves de Fuego: Para aquellos deportistas ocasionales. Su manifiesto es más esclarecedor: “Sabemos quién eres, hoy eres un corredor, mañana en la noche te tomas unas cervezas y ya no lo eres más. Un día estas despierto a las 6 a. m. para correr 5 kilómetros y el día siguiente suena el despertador y solo eres bueno para apretar el botón silenciador para dormir 5 horas más. Esta semana nadie te pudo parar, la semana siguiente nadie te podrá mover. Hoy tienes chamba hasta el copete, pero que más da, es un día hermoso y sin importar cuanto trabajo tuviste, te pones tus zapatillas y facilmente te corres un 10K. Mañana será un día lluvioso y de repente te sentirás cansado, corres, no corres, te tenemos dos posibilidades, eres esquizofrénico o eres uno de los nuestros. Aves de fuego, un club para corredores con una relacion apasionada y disfuncional con correr. Sabemos que corres, sabemos que con el mismo entusiasmo dejarás de correr, y después renacerás de tus propias cenizas y aterrizarás en las calles otra vez y ahí vamos a estar”.
El Cartel Endorfina: Para adictos al deporte. Este es el equipo que realmente intimida. Su manifiesto lo dice todo: “Este es un mensaje para los corredores adictos, esos corredores que no paran, esos que no pueden pasar un día sin una importante dosis de endorfina, este es un mensaje de esperanza, no estas solo, nosotros te entendemos, sabemos por qué te pones curitas en los pezones, a nosostros no nos suena raro ni fetichista. Sabemos que una buena afeitada es desde la cara hasta los tobillos, sabemos que no elegiste esta visa, esta vida te eligió a ti. Decirte que corras es como decirle a un pez que nade o a una persona que respire. Somos el club de corredores Cartel Endorfina. Mientras tus amigos, tu familia, tus compañeros de trabajo, tus vecinos, y todos los que te conocen te miran raro, no pierdes la fe, nosotros te entendemos, nosotros también somos adictos y nosotros tampoco vamos a parar, para nosotros también es normal decir “me voy a correr, regreso en 4 horas”. Únete al club Cartel Endorfina y corre la Nike 10K el 11 de Noviembre. Quizás cuando lleguemos a la meta antes que todos, seguiremos corriendo hasta desaparecer en el horizonte“.
Al inscribirte te dan el folleto de tu equipo respectivo – el mío, los no corredores que corren, como se imaginarán – con el circuito de la maratón y un pequeño programa de entrenamiento de 5 semanas para que no vayas a la maratón a pasar vergüenza (en el caso del Cartel Endorfina, en vez de programa de entrenamiento había un mensaje que decía “un profesional como tu no necesita un programa, los que te van a enfrentar si…”). Después de unos días te entregarían un polo de Nike especial para corredores y el “Championchip”, un chip especial para monitorear tu tiempo durante la maratón. Luego de pensarlo, me inscribí y no había marcha atrás. Correría la maratón, llueva, truene o relampaguee, y demostraría a todos aquellos que no tenían fe en mi que lo lograría.
Un pequeño entrenamiento de un par de semanas, no muy serio a decir verdad, (es que ni yo confiaba en mi =P) y llegó el gran día.
Mi hermano y yo, antes de la partida. El es un ave de fuego, yo un no corredor que corre
El podio para las fotos de rigor, y una cola interminable para usarlo
Eran las 8:00 a. m. y el punto de reunión estaba abarro
tado de corredores. Diez mil almas deportistas de todo tipo, grandes y pequeños, niños y adultos, jovenes y viejos, todos unidos por una pasión común: el running. En mi caso, era darme con la sorpresa de que había más deportistas de lo que jamás imaginé. Desde tipos con apariencia de nerds gordos que nunca en su vida habían corrido más de 2 metros hasta verdaderos atletas con varias medallas en su haber y todo un equipo respaldándolos, pasando por la respectiva sarta de poseros que hasta para salir a correr tienen que usar gorro Nike, reloj Nike, lentes oscuros Nike, zapatillas Nike, medias Nike, iPod, cinturón porta-botellas de agua, etc, etc, etc. Para ellos, más que una maratón, era un desfile de modas… o una exposición de accesorios deportivos.
Diez mil metros, diez mil corredores (70% fashion)
Luego de unos minutos de calentamiento, todos nos dirigimos al punto de partida. Cada quién calentaba como mejor le parecía, contándose historias entre ellos sobre hazañas logradas en maratones anteriores, lo buenas que estaban las participantes mujeres, cómo en sus viajes a New York las maratones eran mucho mejores, y otras tonterías que no vale la pena recordar. Los minutos avanzaban y la hora de correr estaba cada vez más cerca. Hasta que llegó el minuto final y luego, el último segundo. Empezó la maratón.
La partida, donde el tiempo fue reemplazado por un aviso de Nike
Una cosa es correr solo y otra muy distinta es tener a miles de personas a tu alrededor corriendo contigo. Es como si el instinto de competencia se despertara en uno, de pronto tu mayor preocupación no es respirar, sino avanzar. Unos metros más adelante, una subida casi asesina seguida por una bajada para recuperar puestos. “Si logro llegar al kilómetro, voy a terminar la Nike 10K” pensé a la primera señal de cansancio. Más pronto de lo que esperaba, el primer kilómetro había llegado y personas totalmente desconocidas me alentaban a seguir. El solo hecho de sentir su apoyo hizo desaparecer el cansancio. Hice un kilómetro, faltaban nueve.
Otra subida espantosa, una bajada suave y de pronto oía música a lo lejos. Sin querer queriendo, había recorrido dos kilómetros y aún tenía energías. Me estaba yendo mucho mejor de lo que esperaba. Por momentos se oían los vivas y ánimos de personas desconocidas, restaurando la energía a quienes nos empezaba a faltar; por momentos, lo único que se oía eran los pasos acompasados y a la vez caóticos de los corredores que me rodeaban, seguidos de las exhalaciones violentas de aquellos que ya empezaban a sentir cansancio. Un pie me empezó a doler, por el bendito problema que tengo con un nervio del dedo anular del pie derecho. “Ah no, el pie no me va a malograr la maratón. El dolor esta en la mente, no hay dolor” pensaba mientras veía el tercer kilómetro acercarse con cierto esfuerzo. Un poco de rehidratante y a seguir corriendo. Para mantener el ritmo, me acoplé con un par de chicas que andaban bastante bien. Sin prisa pero sin pausa, nuevamente la música que se oía a lo lejos se acercaba, y los vivas y ánimos volvían a recuperar mis pocas energías. Al llegar al cuarto kilómetro, el pie con el dolor se había adormecido sin explicación. No solo deje de sentir dolor, sino que también dejé de sentir el pie.
En el camino se podía ver de todo. Desde atletas profesionales pasando raudos a mi lado y hacia adelante, perdiéndose en el mar de gente, hasta niños con sus padres, también pasando raudos a mi lado hasta perderse adelante. Vi a un señor corriendo con el cochecito de su bebé, la primera maratón del niño antes de saber siquiera lo que es una maratón. Vi a un señor de al menos 70 años, con gorra militar, corriendo como si no le costara hacerlo. Vi extranjeras y extranjeros hablando en idiomas desconocidos mientras avanzaban, vi gorros con aditamentos extraños y todo tipo de reproductores de MP3, MP4 y celulares. Vi pasar el cartel del quinto kilómetro y ni siquiera estaba muriéndome. Ahora tenía ambos pies adormecidos, como dos bolsas sobre las que me apoyaba para correr. El grupo de gente que nos alentaba ya no recuperaba tanto las energías como antes, y el dolor y el peso del mundo ya se sentía. La respiración ya no era tan fácil, el dolor empezaba a incomodar, y la velocidad del trote disminuía. El sexto kilómetro ya me pedía un descanso, pero yo seguía. Si había hecho seis kilómetros sin parar, podría hacer un kilómetro más. El dolor y el cansancio me convencieron de lo contrario, así que paré y caminé un poco. Uno no es consciente de todos los músculos que intervienen en una carrera hasta que se detiene y empiezan a dolerle uno por uno. Y duelen bastante.
Caminé unos cuantos minutos mientras recuperaba el aliento. Otros corredores pasaban, aunque algunos ya empezaban a quedarse atrás. Un cartel colocado en una pared del camino, en los colores verdes de mi equipo decía “Ya hiciste 6 kilómetros. Solo queda la mitad del sufrimiento”. Esa era mi señal, estaba listo para volver a la acción. Pensando en ese cartel, llegué al séptimo kilómetro con un ritmo normal. Estaba cansado y adolorido, pero ver a los demás seguir adelante a pesar del dolor y el cansancio, me hacía sobreponerme y seguir, casi como un autómata. A lo lejos, nuevamente música, barras alentando a los respectivos equipos y un actor famoso gritando por el micrófono “¡Ya van 8 kilómetros, falta poco muchachos, adelante! ¡8 kilómetros, faltan 2 para llegar, vamos!”. No podía creerlo. Yo, que la semana anterior había corrido un par de kilómetros a duras penas y con todos los dolores del mundo, llevaba casi por una hora corriendo sin desmayarme ni vomitar, ni mucho menos morir, como todo el mundo pensaba. El cartel del octavo kilómetro se veía irreal pasando ante mis ojos. Nuevamente paré en el puesto de rehidratante, me di un buen refresco, caminé unos pasos y seguí adelante. Faltaban un par de kilómetros para mi hazaña personal.
Los bomberos se habían puesto a un lado del camino y recompensaban a los valientes que aún seguían corriendo con un baño rápido de agua fría. Cuando creí que no podía respirar más, un buen chorro de agua fresca me hizo despertar y respirar mejor. Y el cartel del noveno kilómetro apareció, debajo de un puente, y simplemente no podía creer que estuviera sucediendo. ¿De veras había corrido nueve kilómetros? No podía dejar de pensar en ello mientras oía la música acercándose de nuevo. Un paso por un tunel, una subida que ya ni sentí y poco después, ahí estaba la meta, a lo lejos, a algunos metros. En ese momento, todo se fue. No sentía dolor, ni cansancio, ni pesadez, ni nada. El solo hecho de ver la meta ahí, frente a mí a unos pocos minutos de trote, había logrado en mí un efecto rejuvenecedor impresionante. Fue como si no hubiera corrido nada, como si hubiera empezado recién a trotar, y la alegría y la emoción empezaban a crecer conforme avanzaba hacia la meta. Y como uno no se hace una maratón de diez kilómetros todos los días, tenía que hacerlo un momento
único e inolvidable para mí. Faltando unos cuantos metros, giré de espaldas a la meta y crucé gritando como loco mientras corría al revés, mirando a todos los que llegarían detrás de mí, orgulloso de mí mismo por haberle demostrado a todos que lo conseguí.
HELL YEAH!!!!!!!! ¿QUIÉN DIJO QUE NO LA HACÍA XD?
No solo sobreviví, sino que lo hice en una hora y quince minutos. Me detuve a buscar a mi familia y la encontré. Cuando quise correr hacia ellos era demasiado tarde: ya no podía moverme del cansancio y el dolor, pero estaba feliz porque lo logré. No llegué primero, ni entre los cien primeros, pero lo conseguí. La adrenalina aún fluye por mi cuerpo, siento que puedo hacer cualquier cosa que me proponga, porque lo he demostrado y estoy satisfecho con ello.
El fin de fiesta estuvo entretenido. El grupo “Hoja de Parra” deleitó a los corredores, que no bailaron al son de sus canciones porque estaban tan acabados como yo.
“¿Alguien sabe quiénes somos?” – Hoja de Parra
La entrega del chip y la medalla conmemorativa para terminar esta experiencia que para mí ha sido inolvidable. Ya puedo contarle a mis nietos como fue mi primera maratón Nike 10K…
… Porque el próximo año volveré, de hecho.

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